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 La Liga De Los Extraordinarios Caballeros Austen - Parte VI

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ulmo
Usuario Premium


Fecha de inscripción : 02/06/2011

MensajeTema: La Liga De Los Extraordinarios Caballeros Austen - Parte VI   31/7/2011, 8:59 am

Original de Mags
Traducido por Ulmo Very Happy



La Liga De Los Extraordinarios Caballeros Austen
Parte VI


Para nada Caballeros
En donde la Liga encuentra a las Fanáticas

Mr. Darcy llamó a su equipo a una reunión. “Caballeros, ha pasado una semana y no hemos tenido noticias de los sinvergüenzas”, dijo.

“Tal vez están, er, ocupados”, dijo Mr. Bingley.

“Mr. Darcy, estos no son sujetos de confiar”, dijo el Almirante Croft. “Valientes por haber ido, por supuesto que no hay duda de ello; pero no son del tipo que mantiene una disciplina apropiada”.

“Le entiendo”, dijo Mr. Darcy. “Sin embargo, estoy preocupado. Creería que si tuviesen éxito, ellos desearían, er, sacárnoslo en cara”.

La puerta del salón de baile se abrió en ese instante, y dos figuras entraron. “Ayúdennos”, gritó uno de los hombres, quien sostenía al otro.

“¿Es ese… Willoughby?”, susurró Mr Darcy.

“¿Y Elliot?”, dijo Bingley, asombrado.

Varias personas se apresuraron a auxiliarles. Los trozos de ropa de los hombres, que lucía como si hubiese sido rasgada por muchas manos impacientes, fueron cubiertos con sábanas, y se entregó una copa de brandy a cada uno.

Darcy esperó a que el brandy surtiera efecto y hubiesen dejado de temblar. “¿Pueden decirme que sucedió?”.

Willoughby sacudió la cabeza y tomó un largo trago de su bebida. Cerró sus ojos mientras el líquido bajaba por su garganta. Dijo con voz estrangulada: “No puedo hablar de ello. No me obliguen”.

“¿Elliot?”.

Mr. Elliot empezó a llorar.

Después de más o menos una hora, y otro brandy, fueron capaces de dar una versión desarticulada de sus aventuras.

“¿Pero en dónde está Mr. Crawford?”, preguntó Mrs. Bertram.

Todos los caballeros la observaron sorprendidos.

“Bueno, no es que no me importe lo que le suceda”, dijo ella. “Él no volvió. ¿Él… él…?”.

“Olvídense de Crawford”, dijo Willoughby.

“¿Ha caído?”, preguntó Darcy.

“Está en las garras de las fanáticas”, dijo Elliot, misteriosamente. “No volverán a ver a Henry nunca más”.

“¿Y qué hay de Thorpe?”.

Willoughby sacudió la cabeza.

“Bueno”, dijo Darcy, que había empezado a palidecer mientras los sinvergüenzas contaban su historia, “no podemos dejarlos allí. General Tilney, Almirante Croft, debemos planear y ejecutar una misión de rescate”.


Una semana después


Las cubiertas del Laconia estaba abarrotada con Marines de rojo y caballeros de la milicia Blankshire. El capitán Wentworth dijo al Coronel Brandon, “Debemos permanecer anclados cerca de la costa. Disparen un cohete rojo cuando estén listos para regresar, y uno azul si requieren asistencia. Si vemos un cohete azul, dispararemos una andanada”.

“Esperamos ser capaces de rescatar a los sinvergüenzas sin violencia”, dijo el Coronel Brandon. “Tenemos aquí a nuestra fuerza especial…”, señaló al Coronel Fitzwilliam y al Capitán Tilney, “…y vamos a intentar una extracción clandestina”.

El Capitán Wentworth, quien tenía algo de experiencia con las fanáticas, dijo: “Sólo asegúrense de tomar el cohete, señor”.

El Coronel Brandon saludó, y los botes fueron lanzados del Laconia, el Grappler y el Asp, llevando a los Marines y las fuerzas especiales a la costa.

Los Marines fueron ordenados por rangos, en filas y, liderados por el Coronel Brandon, el Coronel Fitzwilliam y el Capitán Tilney, marcharon por algo más de una milla, a través de un bosque, incapaces de ver su destino hasta que emergieron y lo vieron en lo alto de una colina.

El Coronel Fitzwilliam se detuvo, sorprendido. “Es exactamente igual a… Pemberley”, dijo.

Las tropas se pararon, y los tres oficiales se alistaron para ejecutar su asalto. Se arrastraron hasta la parte trasera de la casa, aunque el secretismo no era necesario: los terrenos estaban desiertos y la puerta estaba abierta de par en par. Intercambiaron miradas y entraron silenciosamente.

Se arrastraron por el hall de entrada, el cual estaba desordenado: papeles descartados, plumas, laptops abandonadas y frascos vacíos de Nutella, estaban desperdigados por todas partes. El eco de música y voces, provenientes del salón, aumentaba de volumen mientras se aproximaban.

La puerta del salón estaba abierta, sólo un delgado velo negro cubría la entrada. Lo hicieron a un lado y, aunque todos eran militares experimentados que habían visto muchas batallas, casi se desvanecieron ante la horrorosa escena que se desarrollaba ante ellos.

Mr. Crawford estaba atado a una silla; su abrigo, chaleco y corbatín habían desaparecido; sus pantalones colgaban en andrajos; su camisa, aún intacta, estaba desfajada y colgaba flojamente. Su cabeza estaba caída a un lado, sus ojos abiertos pero inexpresivos. Su silla estaba rodeada de mujeres, algunas en el suelo y otras en mesas, escribiendo en teclados y garabateando en papel.

“¡Mójenlo de nuevo!”, gritó una de las mujeres, y otras empezaron a vociferar: “¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo!”, coreaban, golpeando con sus puños las mesas.

Crawford reaccionó a esto. Dejó escapar una débil protesta: “No, por favor”, lloriqueó.

“¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo! ¡Mójenlo!”, cantaban las mujeres, y sus aullidos crecían en volumen e intensidad.

John Thorpe avanzó y lanzó un balde de agua sobre Crawford. Su espalda se arqueó y dejó escapar un grito desesperado. Thorpe lanzó otro balde de agua sobre él. Las mujeres vitorearon; unos frascos vacíos de Nutella volaron hacia Crawford.
Después de un momento, se calmaron y volvieron a sus trabajos.

Thorpe atisbó a los oficiales, que seguían parados en la puerta, en alelado asombro. “Hola, caballeros”, dijo, caminando hacia ellos. “¿Puedo ofrecerles algún refresco?”.

El Coronel Fitzwilliam tuvo que contener al Capitán Tilney, quien refunfuñaba y flexionaba sus dedos, como si estuviera agarrando el cuello de alguien. “Tibby, basta”, dijo. “Mr. Thorpe, explíquese”.

“Es un traidor”, masculló el Capitán Tilney. “¡Está ayudando y dando comodidades al enemigo!”.

“Oh, no sé nada de eso”, dijo Thorpe. “Las fanáticas no están interesadas en mí. Sólo me mantengo ocupado, saben”.

“¿Cómo puedes estar aquí y dejarles hacer… eso… al pobre de Crawford?”, exclamó el Coronel Brandon.

“Bueno, saben, no pareció tan malo al principio. Las damas estaban muy felices de ver a los otros caballeros. Tipos deslumbrantes, saben. Se pusieron agradables para las damas. Pero entonces comenzó a ponerse…”, empezó a arrastrar la voz y una mirada vacía apareció en sus ojos.

El Coronel Brandon le dijo calladamente a sus oficiales: “Parece que Mr. Thorpe está sufriendo de trauma de batalla, y ha empezado a identificarse con sus captores”. Le dijo a Thorpe: “Señor, vamos a intentar liberar a Mr. Crawford de su situación. ¿Podría ayudarnos?”.

“Oh, sí, por supuesto. Feliz de ayudar. ¿Entonces las saco de aquí y ustedes se llevan a Crawford?”.

“Sí, eso servirá mucho, Mr. Thorpe, ¿pero está seguro de que quiere…?”

Thorpe se volteó y gritó: “¡Hey! ¡Orgía en la biblioteca! Mr. Darcy, Lord Byron, el Duque de Wellington, Lady Hamilton, la Duquesa de Devonshire, y quien sabe quién más! ¡Rápido, antes de que termine!”.

Hubo un momento de silencio; entonces las fanáticas chillaron, papeles volaron, y corrieron fuera de la habitación. Rápidamente, los oficiales desataron a, el ahora inconsciente, Crawford. Tilney lo alzó sobre sus hombros, y con Thorpe a la retaguardia, volvieron a los bosques en donde estaban esperando los Marines.

Crawford fue transferido a una camilla, y las tropas marcharon velozmente, de vuelta a la playa. Dispararon un cohete rojo y lanzaron los botes.

Los Marines colocaron gentilmente a Crawford en un lecho improvisado en uno de los botes, y los oficiales se sentaron junto a él y lo velaron con cuidado. Mientras los botes se acercaban al Laconia, abrió los ojos.

El Coronel Brandon se inclinó hacia él. “Mr. Crawford, ¿puede escucharme? Está a salvo. Lo hemos rescatado. Lo estamos llevando de vuelta a Pemberley”.

Crawford lo miró un momento y entonces, susurró. “El horror. El horror”.

El Capitán Tilney y el Coronel Fitzwilliam intercambiaron miradas. “Pasará mucho tiempo antes de que lo supere”, dijo Fitzwilliam.

Ninguno de ellos dijo lo que estaba pensando: esta misión era el primer fracaso de la Liga. Podría excusarse porque los sinvergüenzas no eran caballeros, propiamente dichos, y, como había señalado el Almirante Croft, no eran sujetos de confiar; pero la operación había sido realizada con la aprobación de Mr. Darcy y por su expresa petición. Se preguntaron cómo reaccionaría su líder. ¿Era una señal de que la Liga no sería capaz de lograr su misión? ¿Estaban las novelas de Jane Austen condenadas a ser abrumadas por las fuerzas de la cultura popular? Si lo preguntaban, estos caballeros habrían dicho: “Pelearé hasta el final”, pero no podían evitar preguntarse si sus esfuerzos podrían, al final, ser inútiles.

Sólo una cosa los salvaría ahora.


Sintonicen el episodio de la próxima semana: Las Damas Toman su Turno.

El original está AQUÍ

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